Cientos de miles de personas se concentraron este domingo en la avenida del Libertador en Buenos Aires para ver pasar un auto cuatro veces. Descripta así, la escena podría parecer extraña. Pero quienes estuvieron ahí, y los millones que siguieron la transmisión, saben que no se trataba solamente de un auto. Franco Colapinto, el piloto argentino de Alpine, condujo un Lotus E20 de Fórmula 1 y, más tarde, una réplica de la Flecha de Plata con la que Juan Manuel Fangio fue campeón mundial en 1954 y 1955. Era la primera vez en 14 años que un monoplaza de la máxima categoría circulaba por las calles porteñas, y la primera vez en la historia que un argentino lo hacía fuera de un autódromo.

Lo que se vio en Palermo es uno de esos episodios que exceden la disciplina que los origina. Cuando un deportista logra que medio millón de personas se reúnan un domingo a la tarde para celebrar algo en común, el fenómeno deja de ser estrictamente deportivo. Se vuelve cultural. Un país se reconoce en sus figuras, las disfruta, las hace propias. La continuidad simbólica entre la Flecha de Plata de Fangio y el Alpine de Colapinto, separados por más de 70 años, condensa ese sentido de pertenencia en una imagen sola. Es la misma tradición, transmitida a una nueva generación que la recibe y la proyecta hacia adelante.

Es cierto que detrás del Road Show hay una operación comercial con sponsors internacionales, derechos televisivos y la pretensión declarada de que el evento sirva como prueba piloto para devolverle al autódromo de Buenos Aires una fecha del calendario de Fórmula 1. Pero eso no invalida la celebración popular.

Reconocer las dos caras permite mirar con más claridad lo que está en juego: la capacidad de un país para aprovechar este tipo de envión. La pregunta no parece ser si conviene capitalizar el momento, sino cómo. Una agenda deportiva seria piensa en infraestructura, en la formación de los chicos que vienen, en el vínculo con las federaciones, en cómo sostener los eventos cuando pasa la novedad. No alcanza con la chispa de una jornada. Se necesitan acciones que la transformen en algo duradero.

Tucumán tiene mucho que aprender de esta discusión. En abril del año pasado, una producción de LA GACETA contrastaba el modelo deportivo de Santiago del Estero, con el Estadio Único Madre de Ciudades y el Autódromo de Las Termas de Río Hondo como estandartes, con la situación de la provincia. Se decía que Tucumán fue perdiendo terreno en la organización de grandes eventos.

Hay, sin embargo, excepciones que merecen destacarse. Desde 2022, la Asociación Tucumana de Tenis recuperó la actividad internacional con distintos torneos ATP que se desarrollaron en el Lawn Tennis. El tenis, decía este medio, aparece como “un oasis en el desierto”.

Vale la pena preguntarse: ¿es suficiente? Esa experiencia demuestra que, cuando hay gestión sostenida y trabajo articulado entre instituciones, los resultados parecen ser más alcanzables. Ver pasar a Colapinto por Palermo entusiasma. Construir las condiciones para que esa misma energía se reproduzca, con sus formas locales, en cada provincia, es lo que viene. Tucumán tiene con qué.